
No es un fuego cualquiera. No son simples llamas devorando papel. Ahí dentro arde el peso de tres décadas, el eco de decisiones pasadas, de cuentas pendientes, de noches en vela revisando números, temores y esperanzas. Facturas, recibos, contratos. Testigos silenciosos de mi esfuerzo, de mi entrega, de todo lo que fui y ya no soy.Estoy en la chimenea de mi nueva casa. Un hogar que todavía huele a madera fresca y a promesas. Aquí, en este rincón aún desconocido, he decidido dejar atrás todo aquello que ya no tiene cabida en mi vida. Cada hoja cruje al abrazarse con las llamas, liberando el último suspiro de una época que me sostuvo y, a la vez, me encadenó.
Es un ritual íntimo, un adiós sin lágrimas, una despedida que huele a cenizas y a renacimiento. Siento cómo el fuego consume no solo el papel, sino la carga invisible que arrastraba conmigo.Observo las llamas danzar detrás del cristal, iluminando la estancia con su lenguaje efímero. Me dejo hipnotizar por sus movimientos, por su furia y su promesa de nuevo comienzo. Al final, solo quedarán cenizas.
Ligera, me abrazo a la idea de que cada chispa es un trozo de mí que decide quedarse en el pasado.Esta casa es mi refugio, mi territorio conquistado después de años de batallas invisibles. La miro y sé que aquí, en este espacio recién nacido, no hay lugar para lo viejo.
Hoy he quemado más que papel. He quemado el final de una época. Y al cerrar la puerta de la chimenea, siento que algo en mi interior también se ha cerrado para siempre.
Mar Sánchez

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