
Hoy, 20 de noviembre de 2025, se cumplen 50 años de la muerte de Franco y del final oficial de la dictadura.
Cincuenta años pueden parecer mucho… pero cuando miro mi propia historia, entiendo hasta qué punto ese modelo de país sigue viviendo dentro de muchas de nosotras.
Hace 50 años yo ya tenía 12.
Llevaba desde los 4 en un colegio religioso del barrio de Chamberí, en Madrid. Colegio femenino, como marcaba todavía la ley de entonces. Al otro lado de la acera, los maristas: chicos de “buenas familias”, bien situadas en el barrio.
Las monjas, Hermanas de la Caridad, nos repetían una y otra vez:
“No vayáis por esa acera.
Los chicos son malos.”
A esa edad yo ya era curiosa, sensible y muy preguntona.
Y algo dentro de mí no encajaba.
Si los hombres de mi familia —mi padre, mis tíos, mi hermano, mis primos— eran buenos para mí, ¿por qué esos otros chicos, que también eran solo niños, eran “malos” por definición?
Cuando “protegernos” era, en realidad, controlarnos
Con el tiempo entendí que aquel mensaje no iba solo de los chicos.
Iba, sobre todo, de nosotras.
Bajo la excusa de protegernos, se sembraban ideas muy profundas:
- El masculino como peligro: deseo, pecado, riesgo.
- Nosotras como objeto a vigilar: las que deben evitar, apartarse, taparse.
- Nuestro cuerpo como problema: algo que puede provocar, algo de lo que hay que desconfiar.
En la práctica, eso significaba:
- desconfía de los chicos,
- desconfía de tu cuerpo,
- y, sobre todo, desconfía de tu propia mirada sobre el mundo.
Y estas ideas no nacen de la nada:
formaban parte de una cultura atravesada por el nacionalcatolicismo, donde la moral, la política y la vida íntima estaban profundamente entrelazadas. La dictadura terminaba en los papeles, pero sus mandatos seguían vivos en los pupitres, en las casas y en los cuerpos.
La grieta sana: cuando tu experiencia dice “esto no cuadra”
Aquella niña de doce años empezó a hacer lo único sano que podía hacer:
cuestionar el relato.
Por un lado estaba la norma:
“Son malos, aléjate”.
Por otro, la realidad que yo veía:
“Los hombres que yo quiero no son así”.
Esa grieta es importante, porque muchas mujeres la reconocen en su propia historia:
- cuando lo que te enseñaron no encaja con lo que sientes,
- cuando el miedo no te protege, sino que te encierra,
- cuando empiezas a sospechar que el problema no eras tú, sino el modelo.
Lo que estos mandatos dejan en el cuerpo de una mujer
Puede parecer “solo” una educación antigua, pero deja huella:
- Culpa por sentir curiosidad o deseo.
- Miedo al juicio: ¿qué dirán si cruzo la acera equivocada, si elijo a alguien, si disfruto?
- Rol de niña buena: no des problemas, no preguntes demasiado, no mires demasiado, no sientas demasiado.
Y todo eso se traduce en nuestra salud:
- en cómo habitamos nuestro cuerpo,
- en cómo elegimos pareja,
- en lo que toleramos en nombre del amor,
- en cuánto tardamos en decir “hasta aquí”.
Por qué cuento esto justo hoy
Porque en esta fecha, en la que España mira hacia atrás y recuerda el final de la dictadura, también es importante mirar hacia dentro y preguntarnos:
- ¿Qué queda de todo eso en mí?
- ¿Qué mensajes sigo obedeciendo sin darme cuenta?
- ¿Qué aceras sigo sin cruzar por miedo, por culpa o por costumbre?
Si hoy trabajamos en Mujer, Salud y Herencia Cultural es precisamente para esto:
- Poner nombre a esos mandatos que recibimos (religiosos, familiares, sociales).
- Ver cómo se inscribieron en nuestro cuerpo y en nuestra forma de relacionarnos con el masculino.
- Y empezar a distinguir entre lo que de verdad nos cuida…
y lo que solo nos limita.
Porque quizá los chicos no eran “malos”.
Quizá lo peligroso era una educación que nos enseñó a tener miedo de ellos… y de nosotras mismas.
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