“Yo vengo de un silencio que no elegí”

Este manifiesto nace de una memoria que no es solo mía: la de las abuelas que sobrevivieron en silencio, las madres que sostuvieron el mundo a costa de su salud, las hijas que aprendimos a ser “superwoman” y las nietas que ya no quieren repetir la historia. Venimos de una dictadura que dejó miedo, culpa y cuerpos en alerta, pero también una cadena de resistencia silenciosa. Hoy elijo ponerle palabras a esa herida, nombrar la violencia que nos ha atravesado por generaciones y defender nuestro derecho a vivir con dignidad, deseo y salud íntegra. Este manifiesto es mi forma de decir: no más silencio, no más aguantar; aquí estoy, aquí estamos.

Yo no nací el 25 de noviembre.
Nací en un país donde los silencios pesaban más que las palabras, donde la violencia contra las mujeres se escondía detrás de puertas cerradas, de rosarios, de “así son los hombres” y de “mejor no remover”.

De pequeña me enseñaron a tener miedo antes que a tener voz.
Miedo a los chicos, miedo a la calle, miedo a mi propio cuerpo.
Crecí entre uniformes, sermones y normas que nadie discutía. A nosotras se nos pedía ser buenas, discretas, responsables. Ellos podían equivocarse; nosotras, no. Ellos eran sujetos; nosotras, cuidadoras.

De niña no entendía por qué se nos repetía tanto que “había cosas de las que no se habla”.
Hoy sé que ese silencio era parte de una herencia: la de una dictadura que convirtió a las mujeres en propiedad, en sombra, en recurso doméstico. Una dictadura que enseñó a nuestras abuelas a aguantar, a nuestras madres a sobrevivir y a nosotras a sonreír mientras se nos caía el mundo encima.

Yo vengo de ahí.

Vengo de una generación a la que le dijeron que ya estaba todo conseguido, que “vosotras ya tenéis derechos”, pero se olvidaron de explicarnos qué hacer cuando esos derechos se pisotean dentro de casa, en la cama, en la consulta, en el trabajo.
Se olvidaron de enseñarnos que el control, el desprecio, la humillación, el chantaje emocional, el sexo sin consentimiento también son violencia, aunque no dejen moratones.

Durante años llamé “problemas de pareja” a lo que era violencia.
Durante años pensé que si me esforzaba más, si era más paciente, más comprensiva, más “buena”, cambiaría algo.
Durante años sostuve lo insostenible, porque así nos educaron: a ser columnas, aunque nos quebráramos por dentro.

El 25N, cuando escucho los nombres de las mujeres asesinadas, cuando veo a las jóvenes alzar pancartas, no pienso solo en las que hoy están, sino también en las que no pudieron decir nada.
Pienso en las abuelas que vivieron bajo el franquismo sin palabras para nombrar lo que sufrían.
En las madres que crecieron en la Transición, con algo más de aire, pero con la misma consigna: aguanta.
Y en nosotras, las hijas, que hemos tenido que aprender a hablar un idioma nuevo: el de los límites, el del consentimiento, el del “a mí no me vas a callar”.

Mi historia personal es solo una de muchas.
He conocido la culpa, el miedo, la vergüenza de no haber visto antes las señales. He sentido en la piel lo que significa que te hagan creer que exageras, que te confundas, que dudes de tu propio criterio.
Y también he conocido ese momento en el que, por fin, te dices la verdad:
Esto no es amor. Esto es violencia.

Ese día empieza otra vida.
No fácil, no mágica, pero sí más tuya.

Hoy, cuando hablo de violencia machista, no lo hago desde un manual, sino desde la cicatriz.
Desde la niña que fui, que no entendía por qué le decían que los chicos eran peligrosos, pero nadie le hablaba de los verdaderos peligros: el silencio, la impunidad, la cultura de “aguanta y calla”.

El 25N no es solo un día para recordar a quienes ya no están.
Es también un día para mirar a las que estamos vivas y decirnos:
no estamos locas, no exageramos, no es culpa nuestra.
Es un día para honrar a las que no pudieron huir, a las que nadie creyó, a las que aún no se atreven a contarlo.

Yo levanto la voz por mí y por ellas.
Por mi niña asustada.
Por la mujer adulta que un día decidió abrir la puerta y salir.
Por las que aún creen que no van a poder, que es tarde, que “mejor así que sola”.

No, no es tarde.
Nunca es tarde para nombrar lo que dolió.
Nunca es tarde para romper una cadena que empezó mucho antes de nosotras, en una España donde la violencia era ley no escrita, costumbre, moral.

Hoy, 25 de noviembre, elijo no callarme.
Elijo contar mi historia, no para revolcarme en ella, sino para que sirva de faro a otras.
Elijo usar mi voz donde antes solo había silencio.

Porque vengo de una dictadura que quiso mujeres dóciles.
Porque crecí en una sociedad que disfrazó el miedo de normalidad.
Y porque ahora sé que cada vez que una mujer dice “esto que me hicieron se llama violencia”, algo de aquel pasado se resquebraja.

No puedo cambiar lo que viví,
pero sí puedo transformar lo que hago con ello.

Hoy, alzo la voz por mí, por ti, por todas las que todavía no se atreven.
Que nuestro “basta” sea la herencia que dejemos a las hijas y nietas:
no el silencio, sino la palabra.
No el miedo, sino la conciencia.
No la culpa, sino la dignidad.

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Una respuesta

  1. Suerte que las generaciones de ahora son mas libres, pero todavia queda mucho por hacer 🫂

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Retrato de una mujer con cabello rubio, usando una blusa rosa, sonriendo con la mano en la mejilla, frente a un fondo amarillo.

Mar Sánchez es enfermera y coach de salud, y la fundadora de tocacuidarme.com. Acompaña a mujeres que llevan demasiado tiempo sosteniéndolo todo a recuperar su energía, su dirección y su voz: del autocuidado real al liderazgo personal… y ahora, a Toca Brillar, un nuevo capítulo para vivir con autenticidad, expansión y plenitud (sin pedir perdón por ocupar tu espacio).

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