“Lo que la dictadura dejó en nuestros cuerpos: cuatro generaciones de mujeres y salud”

Cuando miramos una foto de mujeres rapadas durante la dictadura solemos pensar en el pasado: “qué barbaridad, menos mal que eso ya no pasa”.

Pero la verdad incómoda es que el franquismo no se quedó solo en los libros de Historia.
También se quedó en nuestros cuerpos.

En la tensión del cuello de una abuela que nunca pudo hablar de lo que vivió.
En la espalda de una madre que “podía con todo” hasta que un día ya no pudo más.
En el colon irritable de una hija que se traga el conflicto.
En la ansiedad de una nieta que siente un miedo que a veces ni siquiera sabe su oriengen ni como explicar.

La ciencia le pone nombre:
estrés crónico, trauma, experiencias adversas en la infancia, transmisión intergeneracional.
Yo, como enfermera y acompañante en procesos de autocuidado, lo veo cada día en consulta con otro lenguaje más sencillo:
cuerpos cansados de aguantar.


Nuestras abuelas: sobrevivir en silencio

Ellas crecieron en guerra, posguerra y dictadura.
Sin derechos, sin protección, sin permiso para decidir casi nada.

Si había violencia en casa, se llamaba “carácter”.
Si había miedo, se ocultaba bajo la palabra “nervios”.
Si se castigaba a una mujer rapándola en la plaza del pueblo, se justificaba como “se lo habrá buscado”.

Hoy muchas de esas mujeres tienen hipertensión, problemas de corazón, dolores crónicos, insomnio, tristeza antigua que nunca se nombró.
No es casualidad.
Décadas en modo supervivencia donde se eleva más de lo aconsejable el cortisol, dejan huella en el sistema nervioso, en el en el sistema inmunitario, produciendo diabetes, cáncer, enfermedad cardiovascular, depresión, enfermedades autoinmunes, osteoarticulares…
El cuerpo hizo lo que pudo para que ellas siguieran adelante.


Nuestras madres: sostener el mundo a costa del propio cuerpo

Nacieron cuando la dictadura aún estaba viva y se hicieron adultas en la Transición.
Escucharon discursos de cambio, pero en casa casi todo seguía igual:
ellas cuidando, sirviendo, aguantando.

Fueron la primera generación que se incorporó masivamente al trabajo remunerado…
sin que nadie les quitara la obligación de cuidar de hijos, mayores, casa, pareja.

Cuando el estrés y la tristeza aparecieron, muchas recibieron pastillas y frases como:
“tienes que animarte”,
“no te quejes, estás mejor que tu madre”.

Dolor de espalda que no se va, migrañas, colon irritable, fibromialgia, fatiga infinita…
A menudo son el idioma con el que su cuerpo dice:
“esto ha sido demasiado durante demasiado tiempo”.


Nosotras, las hijas: la generación Superwoman

Nos criamos en democracia.
Estudiamos, trabajamos, tenemos más derechos que nunca.
Desde fuera parece que “ya está todo conseguido”.

Pero dentro de muchas casas el guion seguía siendo muy parecido:
«no hagas ruido» , «no seas exagerada» , » agradece lo que tienes».

Aprendimos a rendir en el trabajo, a cuidar de la familia, a sostener emocionalmente a todo el mundo…
y a sentir culpa cuando nos fallan las fuerzas.

No es raro que aparezcan ansiedad, depresión, problemas de sueño, enfermedades autoinmunes, trastornos hormonales.
La biología es clara: un cuerpo que vive años con el “modo alerta” encendido termina pasando factura.

Y, por si fuera poco, cuando vivimos violencia psicológica, económica o sexual, muchas hemos tardado años en ponerle nombre.
Porque en nuestro disco duro todavía suena aquella voz heredada que dice:
“no será para tanto”,
“algo habré hecho”,
“peor lo tuvo mi abuela”.


Las nietas: las que ya no quieren repetir la historia

Las más jóvenes han crecido con campañas del 25N, con palabras como “consentimiento”, “violencia de género”, “autocuidado”.
Tienen más herramientas para decir “no” y para pedir ayuda.

Pero también están expuestas a nuevas formas de violencia:
ciberacoso, difusión de imágenes íntimas, porno como educación sexual, presión estética brutal.

Y muchas cargan, sin saberlo, con la mochila emocional de lo que la familia no pudo elaborar: secretos, vergüenzas, duelos sin llorar.

No es extraño que la ansiedad, los ataques de pánico, los trastornos de la conducta alimentaria o el insomnio aparezcan tan pronto.
Su cuerpo habla no solo de lo que pasa hoy, sino de todo lo que viene “de lejos”.


¿Y qué hacemos con todo esto?

Contar esta historia no es para instalarnos en el drama, sino para comprender.

Comprender que no estamos “locas” ni “histéricas”.
Que nuestro cuerpo no es un enemigo, sino un archivo viviente de lo que hemos vivido nosotras y las mujeres que nos precedieron.

Cada vez que:

  • nombramos una violencia que antes se callaba,
  • validamos el sufrimiento de una mujer en vez de juzgarla,
  • buscamos ayuda profesional sin vergüenza,
  • y elegimos el cuidado frente al aguante,

estamos cortando un eslabón de esa cadena.

La dictadura quiso mujeres sumisas y silenciosas.
Nosotras podemos elegir otra herencia para las que vienen:
cuerpos más descansados, relaciones más sanas, historias contadas en voz alta.

Si al leerte has sentido que algo de esto te toca, no es casualidad.
Quizá sea tu cuerpo diciendo:

“Ya está bien de callar.
Ahora me toca a mí.”

Y desde ahí empieza el trabajo bonito: el de cuidarte, acompañarte y construir, poco a poco, una salud más libre que la que pudieron tener nuestras abuelas y nuestras madres.

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Retrato de una mujer con cabello rubio, usando una blusa rosa, sonriendo con la mano en la mejilla, frente a un fondo amarillo.

Mar Sánchez es enfermera y coach de salud, y la fundadora de tocacuidarme.com. Acompaña a mujeres que llevan demasiado tiempo sosteniéndolo todo a recuperar su energía, su dirección y su voz: del autocuidado real al liderazgo personal… y ahora, a Toca Brillar, un nuevo capítulo para vivir con autenticidad, expansión y plenitud (sin pedir perdón por ocupar tu espacio).

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