La fuente que devolvía los nombres

En Jabalera decían que aquella fuente no era una fuente cualquiera.
Había tardes en que el agua no devolvía el rostro de quien se asomaba, sino algo más hondo: una verdad olvidada, una pena antigua… o el nombre verdadero de una mujer que estaba a punto de perderse a sí misma.
En Jabalera hubo una fuente a la que no se iba solo por agua.
Estaba algo apartada del pueblo, escondida entre piedra, humedad y silencio. No era la más hermosa ni la más abundante. En verano apenas dejaba caer un hilo obstinado, y en invierno el brocal amanecía con un borde de frío y hojas dormidas sobre la superficie. Pero las mujeres viejas decían que aquella agua tenía memoria.
La llamaban la fuente honda.
Nadie supo explicar nunca si el nombre venía de su fondo o de lo que removía en quien se asomaba.
Las muchachas bajaban al amanecer con cántaros vacíos y sueño en los ojos. Las casadas acudían a veces a deshora, con la excusa del agua y un cansancio que no sabían nombrar. Las viudas, cuando ya habían dejado de temer el qué dirán, se sentaban en el brocal y permanecían allí largo rato, quietas, como si aguardaran una respuesta.
Porque de la fuente honda se decía una cosa inquietante: no siempre devolvía el reflejo de quien la miraba.
A veces, en ciertas tardes de otoño, cuando las hojas amarillas quedaban detenidas sobre el agua quieta y el aire parecía contener la respiración, una mujer se inclinaba para verse y encontraba otra mirada. O la suya, sí, pero extrañamente cambiada. Más vieja. Más triste. Más verdadera. Algunas juraban haber visto, bajo la superficie, el rostro de una desconocida de pelo suelto y ojos oscuros, inmóvil en el fondo, observándolas con una seriedad que daba frío en la nuca.
Los hombres se reían.
Decían que eran fantasías de mujeres, espejismos del agua estancada, historias nacidas del ocio y del miedo. Como si burlarse de algo bastara para volverlo menos cierto.
Pero las mujeres del pueblo sabían otra cosa.
Sabían que aquella fuente no mostraba fantasmas. Mostraba verdades.
La historia más repetida era la de Tomasa, una muchacha de manos fuertes y mirada honda, hija de gente trabajadora, criada entre el campo, el invierno y la costumbre. No era una muchacha triste, aunque la vida ya le hubiera enseñado pronto ese modo de callar que tienen algunas mujeres cuando entienden que expresar demasiado no suele traerles nada bueno.
La habían prometido a un hombre de buena posición para el lugar. Tenía casa, algo de tierra y una manera tranquila de imponer su voluntad. Nunca levantaba la voz. Nunca hacía escena. Y precisamente por eso parecía aún más inevitable.
Decían de él que era correcto.
Y Tomasa fue comprendiendo, poco a poco, que hay palabras más peligrosas que un grito.
No protestó cuando se anunció el compromiso. No lloró delante de nadie. No rompió nada. Se limitó a seguir con sus tareas, a responder lo justo, a dejar que los días avanzaran hacia una boda que otros celebraban como un acierto y ella sentía como una niebla.
Su madre empezó a mirarla con inquietud.
No porque la viera rebelde, sino porque la veía apagarse.
Una tarde de octubre, poco antes del anochecer, Tomasa bajó sola a la fuente honda. Llevaba el delantal todavía húmedo y la cabeza llena de pensamientos que ni siquiera se atrevía a ordenar. El pueblo quedaba a su espalda, envuelto ya en esa luz dorada y triste que tienen las últimas horas del día. Se arrodilló junto al brocal y se inclinó sobre el agua.
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