
En el valle de Altomira se decía que bajo la tierra había lugares donde el tiempo no corría igual.
No cuevas de pastores.
No refugios de guerra.
No escondites de hombres.
Lugares más hondos.
Lugares donde seguían trabajando las mujeres que murieron sin haber terminado su labor.
Cerca de Jabalera, entre piedra clara, monte áspero y barrancos donde el aire se quedaba quieto incluso en verano, había una abertura pequeña en la ladera. Tan discreta que una podía pasar junto a ella muchas veces sin verla. La llamaban la cueva de las hilanderas.
No estaba señalada.
No figuraba en mapa alguno.
Y, sin embargo, todas las mujeres sabían de ella.
O casi todas.
Las niñas la oían nombrar a medias, mientras las mayores cosían, fregaban o limpiaban judías en la cocina. No se hablaba de la cueva en la plaza ni delante de cualquiera. Se decía en voz baja, con ese respeto que solo inspiran las cosas que no necesitan demostrarse para ser verdad.
Contaban que en las noches de viento podía oírse, desde la ladera, un sonido tenue y obstinado. No era agua. No era animal. No era rama. Era el roce continuo de los hilos, como si muchas manos invisibles siguieran trabajando en la oscuridad.
Los hombres se reían.
Decían que era el aire en las grietas. Que las mujeres, cuando se juntan, acaban oyendo ruecas hasta en las piedras. Como si la burla hubiera servido alguna vez para desmontar lo verdadero.
Pero las viejas del pueblo sabían otra cosa.
Sabían que allí hilaban las mujeres que no pudieron contar su historia.
Las que murieron demasiado pronto.
Las que callaron golpes.
Las que sostuvieron casas enteras sin que nadie recordara su nombre.
Las que curaron, criaron, cosieron, enterraron, esperaron y siguieron adelante mientras el mundo escribía otras hazañas.
No hilaban lana.
No hilaban lino.
Hilaban memoria.
La historia más repetida era la de Eulalia, una mujer del pueblo nacida en un tiempo de hambre, frío y resignaciones heredadas. Había enviudado joven. Tenía hijos, una madre enferma y una casa que se sostenía más por empeño que por fortuna. No se quejaba nunca, y esa era precisamente la señal más clara de que algo dentro de ella llevaba tiempo resquebrajándose.
Una noche de enero, mientras remendaba una camisa junto al fuego, oyó un sonido extraño bajo el viento.
Primero creyó que era cansancio.
La noche siguiente volvió a oírlo.
Y la otra también.
Era un zumbido suave, regular, como una rueca girando muy lejos, en un sitio donde nadie debería estar despierto.
Al cuarto día, antes del alba, salió de casa con un candil y una manta sobre los hombros.
Una vecina la vio pasar.
—¿Adónde vas a estas horas?
Eulalia no se detuvo.
—Me llaman.
Siguió un sendero malo, de esos que solo pisan quienes no quieren ser vistos, hasta llegar a la abertura de la cueva. El aire allí estaba tibio, aunque fuera hacía un frío que partía las manos. Dudó un instante. Luego entró.
El pasadizo era estrecho y pedregoso al principio, pero después se abría en una estancia redonda donde no se veía ni lámpara ni fuego, y aun así todo estaba envuelto en una claridad gris, semejante a la del amanecer antes de que termine de nacer el día.
Allí estaban.
No como fantasmas de cuento.
No como apariciones teatrales.
Como mujeres.
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No estaban hilando lana. Estaban hilando memoria.
La cueva de las hilanderas: leyenda de Jabalera sobre memoria, linaje y mujeres

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