
Dicen que en Jabalera hubo una tarde de julio en que el aire se quedó suspendido sobre los corrales, como si hasta el calor hubiera comprendido que algo importante estaba a punto de abrirse paso entre el miedo, el dolor y la vida.
Fue en los años sesenta, cuando todavía había casas donde se nacía entre mujeres, sin más ayuda que unas manos expertas, agua hervida, paños limpios y el coraje antiguo de quienes sabían sostener lo imposible con lo poco que tenían.
Aquella tarde una mujer joven se retorcía de dolor en una habitación pobre, mientras al otro lado del muro, en el corral, tres niñas miraban al cielo.
No las habían sacado fuera por crueldad.
Las habían apartado por costumbre.
Porque en aquellos años a los niños se les escondía casi todo lo relacionado con nacer, con sangrar y con sufrir. Se les decía que los bebés los traía la cigüeña, y con eso bastaba. Nadie daba más explicaciones. Nadie pensaba que hicieran falta. Así que las tres niñas no sabían qué estaba pasando dentro de la casa. Solo intuian que algo grave, extraño y secreto tenía en vilo a las mujeres mayores.
La mayor tendría ocho o nueve años. La mediana rondaría los siete. La pequeña apenas era una criatura con las piernas delgadas, las trenzas mal hechas y esa forma tan seria de mirar que tienen a veces los niños cuando intuyen más de lo que entienden.
Estaban en el corral porque alguien les había dicho:
—Quedaos aquí quietas. Y no entréis. Esperar que venga la cigüeña.
Y allí se quedaron mirando al cielo.
Apretadas contra la tapia, con el olor a tierra seca, a gallinero, a paja caliente y a verano espeso. De vez en cuando alzaban la vista hacia arriba, hacia aquel cielo alto y limpio de julio, deslumbrante y silencioso, como si la respuesta a todo pudiera venir de allí.
No sabían que dentro una mujer estaba pariendo.
No sabían lo que era un parto.
No sabían que traer una criatura al mundo podía doler de aquel modo.
Dentro de la casa, la joven llevaba horas luchando con un dolor que subía y bajaba como una ola mala, cada vez más cerca, cada vez más hondo. Era joven, demasiado joven quizá para el miedo que se le había metido ya en los huesos. Tenía el cabello pegado a la frente, la camisa húmeda y esa expresión de quien ha dejado de mirar alrededor porque todo su mundo se ha reducido a sobrevivir al siguiente embate.
A su alrededor había mujeres.
Siempre hay mujeres.
Una le sostenía la espalda.
Otra le secaba el sudor.
Otra iba y venía con agua calentada a toda prisa.
Otra intentaba poner orden en el temblor con palabras bajas, de esas que no curan, pero acompañan.
Y con ellas estaba la comadrona.
No tenía más medios que su experiencia, sus manos, unas tijeras hervidas, hilo, paños, una palangana y el conocimiento heredado de otras muchas antes que ella. No llevaba bata ni instrumentos brillantes. Llevaba lo que de verdad se llevaba entonces: memoria, pulso y temple.
Sabía cuándo esperar.
Cuándo tocar.
Cuándo mandar.
Cuándo callar.
Y sabía también, aquella tarde, que el parto venía difícil.
No de un modo aparatoso, como luego inventan a veces las exageraciones del recuerdo, sino de la manera más peligrosa: esa en que el tiempo pasa, el cuerpo se agota y algo no termina de colocarse mientras todas fingen aún que quizá todo se arregle solo.
La casa olía a agua caliente, a sudor, a jabón y a angustia contenida.
En el corral, las tres niñas seguían mirando al cielo.
—¿Vendrá la cigüeña? —preguntó la pequeña al cabo de un rato, con la voz bajita.
La mayor no respondió enseguida.
Miró hacia la puerta cerrada, luego hacia arriba, y dijo lo único que se le ocurrió:
—No sé.
La mediana añadió:
—A lo mejor ya ha venido y está dentro.
Aquella fue su manera infantil de entender el misterio.
No sabían que dentro no había ninguna cigüeña.
Solo una mujer joven peleando con su cuerpo.
Solo otras mujeres sosteniéndola como podían.
Solo una comadrona intentando que la vida encontrara salida sin llevarse por delante a nadie.
Entonces se oyó el grito…
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