
Leyenda inspirada en La Cava, Garcinarro, y en la memoria antigua del Valle de Altomira
Dicen las mujeres antiguas que una madre nunca se va del todo.
Se queda en los gestos que repetimos sin saber de quién los aprendimos. En la forma de partir el pan. En la manera de tocar una frente con fiebre. En esa voz interior que aparece justo cuando creemos no poder más y nos dice:
—Levanta. Todavía queda vida.
En La Cava, mucho antes de que los caminos tuvieran nombre y de que las piedras fueran ruinas, vivió una mujer llamada Alaia.
No era la más fuerte del poblado, ni la más hermosa, ni la que mejor cantaba en los días de fiesta. Pero tenía algo que los demás no sabían explicar: cuando Alaia entraba en una casa, el miedo parecía encogerse un poco.
Conocía las hierbas que calmaban el dolor, las semillas que había que guardar para el invierno y las palabras que no curaban del todo, pero acompañaban. Que, a veces, es bastante.
Las niñas la seguían como se sigue a quien guarda un secreto bueno.
—¿Por qué siempre miras la piedra? —le preguntaban.
Porque Alaia subía muchas tardes a una gran roca llena de pequeños huecos redondos. Allí llevaba agua, flores secas o un puñado de ceniza del hogar. Vertía unas gotas en las cazoletas y permanecía en silencio.
—La piedra escucha —respondía ella.
Las niñas se reían.
—Las piedras no escuchan.
Alaia sonreía sin corregirlas.
—Eso decís porque todavía no habéis aprendido a hablar despacio.
En aquel tiempo, La Cava era un poblado de altura, de roca, de humo y de viento. Las casas se agarraban al terreno como si no quisieran desprenderse nunca. Los corrales olían a lana, a leche y a tierra caliente. Al atardecer, el sol caía sobre las laderas del valle y todo parecía encenderse por dentro.
Pero también había años duros.
Aquel invierno llegó antes de tiempo. El frío mordió las manos, secó los pastos y dejó los cántaros medio vacíos. Las madres guardaban comida para sus hijos y fingían no tener hambre. Los hombres hablaban junto al fuego con la voz baja de quienes no quieren que los niños entiendan. Las ancianas miraban el cielo como quien espera una respuesta que tarda demasiado.
Alaia estaba embarazada.
Su vientre crecía al mismo tiempo que menguaban las reservas del poblado. Muchas noches se despertaba con una mano sobre la barriga y otra sobre el pecho, sintiendo dos latidos: el suyo y el de la criatura que aún no conocía el mundo.
Suscríbete para obtener acceso
Lee más contenido de este tipo suscribiéndote hoy mismo.

Deja un comentario