
Hay heridas que no se ven.
No dejan moratones visibles. No aparecen en una fotografía. No se explican fácilmente en una conversación de café. Pero están ahí: en el cansancio que no se va, en la dificultad para concentrarse, en los olvidos, en los bloqueos, en esa sensación de no reconocerse del todo.
Durante mucho tiempo, muchas mujeres que han sobrevivido a una relación violenta han escuchado frases como:
«Tienes que pasar página».
«Ya ha pasado».
«Ahora estás bien».
«Lo importante es que saliste».
Pero salir de una relación violenta no siempre significa que el cuerpo haya salido del estado de alerta. A veces, el peligro termina fuera, pero continúa dentro.
Y la ciencia empieza a poner palabras a algo que muchas mujeres ya sabían desde el cuerpo: la violencia de género también puede dejar huellas en el cerebro.
No es falta de voluntad: puede ser una secuela
Un equipo del Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento de la Universidad de Granada ha estudiado cómo la violencia de género puede afectar a la memoria verbal de las mujeres supervivientes. En una investigación con resonancia magnética funcional, realizada mientras las participantes hacían una tarea de reconocimiento de palabras, las mujeres que habían sufrido violencia de género mostraron más dificultades en las fases iniciales de aprendizaje y diferencias en su patrón de activación cerebral.
Esto es importante porque muchas veces se interpreta el bloqueo como debilidad, despiste o falta de compromiso.
Pero no siempre es eso.
A veces, una mujer no recuerda porque su sistema nervioso ha vivido demasiado tiempo en amenaza.
A veces, le cuesta decidir porque decidir fue peligroso durante años.
A veces, tarda en organizarse porque su mente ha estado ocupada sobreviviendo.
A veces, no puede explicar bien lo ocurrido porque el trauma no se guarda como una historia ordenada, sino como fragmentos, sensaciones, miedo, confusión y silencios.
Y esto cambia la mirada.
No se trata de justificarlo todo. Se trata de comprender mejor. De dejar de juzgar a la mujer que duda, que se contradice, que se bloquea o que tarda en reaccionar.
Porque quizá no está fallando. Quizá está intentando volver a funcionar después de haber vivido demasiado tiempo en modo supervivencia.
El maltrato también puede afectar al cuerpo
La violencia de género no es solo violencia física. Tampoco es solo violencia psicológica. Es una experiencia de amenaza sostenida que puede afectar a la mente, al cuerpo, a las emociones, a la identidad y a la capacidad de confiar en una misma.
El proyecto BELIEVE, vinculado a la Universidad de Granada, estudia las posibles alteraciones cerebrales, neuropsicológicas y postraumáticas que sufren mujeres víctimas y supervivientes de violencia de género, así como sus hijos e hijas expuestos a esta violencia. Su objetivo es generar evidencia científica que ayude a mejorar la atención clínica, educativa, judicial y social.
Según los datos acumulados por este proyecto, una parte muy significativa de mujeres expuestas a violencia de género ha sufrido golpes en la cabeza, intentos de estrangulamiento o trastorno de estrés postraumático. Estos datos resultan duros, sí. Pero también son necesarios, porque ayudan a entender que muchas secuelas no son imaginarias, exageradas ni «cosas de la cabeza» en el sentido despectivo de la expresión.
Son cosas del cuerpo.
Del sistema nervioso.
De la memoria.
Del miedo.
De una vida que tuvo que adaptarse para seguir adelante.
La memoria también necesita cuidado
Cuando hablamos de autocuidado, a veces pensamos en descansar, alimentarnos mejor, mover el cuerpo, meditar o poner límites. Todo eso importa. Pero hay una forma de autocuidado más profunda: dejar de culpabilizarnos por las secuelas de lo vivido.
Una mujer que ha sufrido violencia no necesita que le digan que tendría que estar mejor.
Necesita espacios seguros.
Necesita escucha.
Necesita tiempo.
Necesita profesionales formados.
Necesita comprensión.
Necesita poder reconstruir su relato sin prisa, sin sospecha y sin tener que demostrar a cada paso que su dolor es legítimo.
Porque una de las heridas más crueles de la violencia es esta: después de haber sido dañada, muchas mujeres tienen que convencer al mundo de que realmente lo fueron.
Y cuando además aparecen olvidos, bloqueos o contradicciones, el juicio social puede ser todavía más duro.
Sin embargo, las investigaciones de la Universidad de Granada señalan que estas secuelas pueden afectar a funciones como la memoria o la toma de decisiones, e incluso tener consecuencias en contextos judiciales, donde recordar con precisión y declarar con claridad puede resultar especialmente difícil para algunas supervivientes.
Por eso es tan importante que la sociedad, los profesionales sanitarios, jurídicos, educativos y sociales comprendamos mejor el impacto del trauma.
No para mirar a las mujeres como víctimas eternas.
Sino para acompañarlas con más justicia.
Sanar no es volver a ser la de antes
A veces se habla de sanar como si consistiera en volver al punto de partida.
Pero quizá no se trata de volver a ser la de antes.
Quizá sanar es poder habitar una versión nueva de una misma. Una versión que reconoce lo vivido, que no se exige funcionar como si nada hubiera pasado y que aprende, poco a poco, a recuperar la calma, la memoria, la voz y la confianza.
Sanar no siempre es lineal.
No siempre es rápido.
No siempre es bonito.
Y desde luego, no siempre cabe en una frase motivacional con fondo de amanecer.
A veces sanar es poder dormir una noche entera.
Pedir ayuda sin sentir vergüenza.
Recordar una cita.
Tomar una decisión pequeña.
Volver a leer.
Volver a escribir.
Volver a sentir el cuerpo como casa y no como campo de batalla.
Desde Toca Cuidarme, hablar de autocuidado también es hablar de esto: de la necesidad de mirar la salud de las mujeres con profundidad, con ciencia y con humanidad.
Porque no basta con decirle a una mujer «quiérete más» si antes no entendemos todo lo que tuvo que hacer para sobrevivir.
Creer también cuida
Creer a una mujer no significa dejar de evaluar, acompañar o intervenir con rigor. Significa no empezar desde la sospecha automática. Significa comprender que el trauma puede alterar la forma de recordar, de narrar, de reaccionar y de decidir.
Significa entender que una mujer bloqueada no es una mujer débil.
Es una mujer cuyo cuerpo quizá ha estado mucho tiempo intentando protegerla.
Y eso merece respeto.
Merece atención.
Merece cuidado.
Porque el cuerpo habla incluso cuando la voz tiembla.
Y cuando una mujer dice «no soy la misma», quizá no está exagerando.
Quizá está contando, con las palabras que puede, que algo dentro de ella también fue herido.
Y que ahora necesita algo más que ánimo.
Necesita reparación.
Necesita justicia.
Necesita red.
Necesita tiempo.
Necesita volver a sí.
Y eso, también, es autocuidado.
Si estás viviendo violencia o conoces a alguien que pueda necesitar ayuda
En España, el 016 ofrece información, asesoramiento jurídico y atención psicosocial inmediata especializada para todas las formas de violencia contra las mujeres. Es gratuito, confidencial y está disponible las 24 horas. También se puede contactar por WhatsApp en el 600 000 016, por chat online y por correo electrónico en 016-online@igualdad.gob.es.
En caso de emergencia, llama al 112.

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